jueves, 4 de agosto de 2016

La última noche


Has decidido, muy entrada la noche, que el día siguiente no se terminará sin que algo grandioso pase. Cansado de hacer siempre lo mismo, te has propuesto, mientras que el agua fría de la ducha se lanza contra tu rostro y termina colándose rauda por la rejilla bajo tus pies, que es hora de vivir un poco. Pero vivir de verdad. Metido entre los libros y las fichas bibliográficas de tu gran biblioteca, en la que nunca se encontraría un libro de autoayuda (o autocompasión, como tú sueles decir), te has pasado los últimos años leyendo y releyendo, examinando, criticando, comparando autores que nunca conociste en persona, pero a los cuales tratas de tú a tú por creerlos tus amigos de toda la vida.

En el reproductor de música suena el quinto track del tercer y último disco de 84 —Varcelona—, la banda española que treinta años atrás descubriste en un programa de cine: el conductor recomendó un sencillo suyo, y tú, presto siempre a indagar en nuevos sonidos, no dudaste en buscarlo. La letra se confabula con tu propósito de ganarle la partida a las pocas ganas que siempre te animaron a quedarte en casa, aun cuando en casa ya no queda mucho por hacer.

1) Saltar en parapente (adiós, miedo a las alturas). Podría proponérselo a Martha; total, ella es valiente y puede asir mi mano para no entrar en pánico cuando sienta que se agujereó la tela del armatoste y que nos iremos, el instructor y yo, a estrellarnos.

2) Escalar una montaña, un nevado, o cualquier cosa escalable. De niño nunca me atreví a subir con mis amigos a la cima del mundo de los árboles. Ya es tiempo de envalentonarme y volver a tener nueve.

3) Correr un carro de carreras (demasiadas erres en una sola oración. A Martha le costaría pronunciarla y terminaríamos riéndonos juntos). Pero la licencia venció hace un año. Aunque así sería ilegal y la adrenalina sería la patada en el trasero que me anime a hacerlo.

4) Matar idiotas. La lista sería en orden decreciente con respecto al grado de imbecilidad para asegurarme de acabar antes con los más idiotas. Aunque esto acabaría con un suicido tarde o temprano.

5) Nadar para siempre (aunque el 'para siempre' signifique cinco kilómetros). Martha podría esperar en un bote inflable, mientras me ve convertirme en un héroe. Un héroe de huesos y carne. De carne arrugada por el tiempo y por el agua.

6) ...

Coges la toalla y te la pasas por el cuerpo, con ese tacto suave con el que se debe hacer según te dijo hace tanto Martha. Sonríes porque lo recuerdas. Estaban en la habitación de un hotel y tú saliste desnudo con la toalla en la mano y la restregaste, como si de papel de lija se tratara, sobre tu cuerpo de piel-celulosa. Se acercó a ti, desnuda también, te quitó de buena gana la toalla y te explicó, entre besos y roces corporales, cómo es que se hacía para no maltratar tu piel. Luego de unos segundos, sin terminar de secarte del todo, hicieron el amor. Hacía tanto de eso. Tanto.

Cuando sales del cuarto de baño con la toalla alrededor de la cintura, dejas la luz prendida hasta después cuando entrarás a limpiar como se pudiera el piso mojado con el trapeador que guardas cerca a la lavadora: costumbre adquirida en tu adolescencia y que Martha, igual que tu madre antes, detesta enormemente.

Vas a tu habitación. Vuelves minutos más tarde a la ducha a ordenar el desastre, luego de terminar de secarte completamente, y de echar talco en tu cuello y tus pies, y de untarte loción para hidratar la piel (Martha se ríe porque usas más cremas que ella. Le gustan tus manos suaves y a ti te gusta que le gusten), y de calzarte los zapatos negros de estar en casa (que Martha te dice que son chanclas con caché). Finalmente, vas por un café caliente a la cocina y te quedas con Martha hablando sobre el recuerdo que te había asaltado en la ducha, ese de cuando iban en los veinte y todo se resumía en la dedicatoria del primer libro que le regalaste.

Te terminas el café y la besas, y se van a la cama abrazados. Viejos. Llegan a la alcoba. Lo último que ves es su sonrisa antes de que ella estire el brazo izquierdo y apague la lámpara de su mesa de noche y te diga buenas noches.

***

La voz de Martha enciende la noche. El reloj marca las tres, y ella llora y grita. Rato después, los paramédicos irrumpen en la habitación. No hay mucho por hacer: el corazón se ha detenido. Como la noche para Martha.


(Imagen: Dos viejos comiendo sopa, de Francisco de Goya)

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