domingo, 17 de diciembre de 2017

Llenar el crucigrama: alcances sobre la página en blanco


Desde acá arriba puedo verlo todo. O lo que creo que puede ser todo. Allá abajo las gentes corren por un largo camino de cemento, desaparecen y, tras un segundo, vuelven a aparecer solo para desvanecerse una vez más. Los árboles los enfrascan en fotogramas repetidos, como los que se usaban en las caricaturas antiguas. Otras gentes caminan, despreocupadas, de pronto esperan que el tiempo las rebase y sentir así que pueden andar en esta tierra más de lo que deberían. El vidrio de la ventana por donde miro el mundo no me impide sentir el viento que se cuela por una rendija en alguna parte que ignoro. La mirada se desvirtúa y se concentra en el apenas perceptible reflejo de mi propio rostro. Estoy cansado. Y no es para menos. Después de más de una hora sentado frente al computador, no se me ha ocurrido nada. Llevo días intentando escribir algún cuento que se sume a los que, a duras penas, he logrado reunir. En mi caso, la escritura no fluye como un río amistoso en la mitad de un prado. Es más como una gota de rocío por la mañana dudando entre dejarse caer o seguir pegada a la hoja. La diferencia es que ese instante, que no siempre se prolonga por mucho rato, en mí puede tardar semanas y hasta meses. Resulta raro hablar de cuestiones acuosas y concluir con que me encuentro en una sequía escritural tremenda.

En los años que llevo escribiendo, me he preguntado siempre por qué no puedo publicar. O, por qué no quiero publicar. Aún. Sucede que el síndrome de la página en blanco no siempre se limita a motivos externos: por falta de inspiración, de tiempo, de temas, de lo que fuera. Y es raro que siempre sea por falta de algo. ¿Acaso uno no puede sentirse agobiado por el exceso de inspiración? La verdad, no lo sé, nunca me ha pasado. Ya quisiera. El mejor ejemplo que se me ocurre para esto de los motivos externos es la vez en que mi computador se echó a perder. Un día se apagó y ni el técnico más avezado pudo darle solución. Solo se podía recurrir a formatear el sistema. Pude recuperar las fotos, los videos, los videojuegos y el material pornográfico, pero a los cientos de escritos que había recopilado desde mi adolescencia no me quedó de otra que dedicarle la Sonata nº 2 de Chopin. Y ni ganas quedó de intentar recordar, que la memoria es pésima y, por más que uno intente escribir algo que ha escrito antes, siempre termina por salir distinto. Es como cuando se te ocurre una idea en el autobús y no tienes dónde anotarla; cuando llegas a casa ya la olvidaste y, si la recuerdas, termina distorsionada y hasta inútil.

Pasa también que hay motivos internos. En mi caso solo hay uno (imagino que habrá quien tenga otros): borro casi todo. Me he convertido en el peor crítico de mi obra. Puedo hacerme de oídos sordos ante las críticas del resto, pero no ante las propias. Escribo y guardo, y unas semanas después estoy llenando el tacho de basura (o la papelera de reciclaje) con los cadáveres que dejan los escritos fallidos. Esa también es una página en blanco: la autocrítica, la eliminación constante de muchas de las cosas que escribo. Algo queda, por supuesto, pero la mayor parte se va. Y ahora que lo pienso, sería mejor que lo guarde por si alguna vez a alguien se le ocurre publicar mis papeles inesperados (gracias, Julio). Pero ahora es el ego incontrolable quien escribe; lo más probable es que sea olvidado. Así lo deseo (gracias, Jorge Luis).

He intentado de todo para que la página en blanco no me atrape. El truco para superarla, dicen algunos, es escribir a diario. No importa si es malo. Con la corrección se terminará tarde o temprano mejorando. También están quienes dicen que uno se debe aventurar a escribir sobre tópicos a los que nunca antes recurrió. Hay quienes además creen que se puede escuchar música, ir al teatro, leer —o sea, recurrir a otras artes— para despertar la creatividad propia. Y hay mucho de cierto en todo. Pero también está lo que se cuenta de ciertos escritores de renombre: que escribió tal novela de 800 páginas en cinco meses, que escribía cada dos años, que comenzó a publicar a los 50. Y también hay razón en esto. Tal vez no haya secretos para escribir ni para publicar ni para superar la falta de inspiración. Tal vez todo se resuma a envalentonarse y ser perseverante. Aún así, quiero hacer un último intento por acabar con el bendito síndrome. A ver:

Cierta vez, mientras intentaba llenar el crucigrama de un diario local de valor monetario superior a nuestra divisa, caí en cuenta de que escribir es precisamente como eso, como completar un crucigrama. Uno se hace con el bolígrafo dispuesto a enfrentarse a lo desconocido. Puede que se sepan algunos temas —así como uno identifica palabra de dos letras - río de Italia, así también ya se ha escrito sobre el amor, sobre la inmortalidad, sobre las invasiones extraterrestres—, pero, particularmente, a pesar de que yo sí creo de que ya todo está escrito, siempre queda el tipo de presentación: cómo se enfrenta un escritor a determinado asunto y cómo lo expone. El amor no es el mismo en las letras de Neruda que en las de Vallejo y el infierno adolescente no es el mismo en Reynoso que en Salinger, por decir algo. Las reglas ya están dadas, solo hace falta colocar las letras justas y de modo distinto a como cualquier otro lo ha hecho.

Así, se comienza a quitarle el vacío a los cuadrados blancos. Se comienzan a entrelazar una a una las letras y las historias. En determinado momento, uno se detiene a pensar o a recordar. Se pone el bolígrafo en la boca como para que el conocimiento del mundo se cuele por alguna rendija hacia el interior de uno. Se mira al vacío para encontrar el nombre de la catedral del recuadro derecho y para pensar cómo reaccionaría cierto personaje a una determinada situación. Se tacha la letra errónea que se creía correcta y que coincidía en cantidad de letras y significado, y la parte que se cree cursi, o que aporta mucho a la historia y hasta los adjetivos que matan (gracias, Vicente). Puede que no se termine de completar el crucigrama, más si es de esos gigantes del día domingo. Puede que la página en blanco se transforme en tu monstruo bajo la cama. Pero hasta las páginas vacías pueden servir para escribir. Algo como esto siquiera.

No se debe interpretar que intento banalizar el oficio del escritor, porque sería como si yo estuviera tirando por la borda todo en cuanto creo. Puede que esté intentando echar luz sobre mi propia oscuridad, tratando de dar ese salto hacia el vacío. Puede que haya algo más que gentes y árboles allá abajo que hasta ahora no he logrado ver.

martes, 7 de febrero de 2017

El perro asteroide

Murió el pequeño B-612. Juro que hice de todo para reanimarlo, aunque mucho no se podía hacer. Lo encontré en una posición extraña: su cuerpo formaba una curva temerosa de la que no me di cuenta hasta mucho rato después. Quizás sus hermanos lo aplastaron y, con el calor que hace, terminó asfixiado. Quizás se le atoró algo en la garganta y no hubo quien lo auxilie. Me sentí tan inútil soplando por su pequeño hocico, dándole suaves palmadas en el lomo, presionando su pecho. Pero nada funcionó. Cuando ya no se movió más, temí enterrarlo: quién sabe si solo estaba inconsciente o si había aprendido un truco que nadie le enseñó. Era tonto el pobre, pero lo quería. Las alimañas comenzaron a abandonar en mancha su cuerpo tieso y así supe que era hora de dejarlo ir.
B-612 tenía un mes de vida y, al igual que sus hermanos, corría de un lado para otro, cayéndose y gruñéndole al mundo. No sé por qué, cuando Pacha su madre dio a luz, lo elegí precisamente a él. Quizás porque fue el primero que nació. No lo recuerdo bien. Era el único que tenía nombre. Lo bauticé el mismo día que nació. Ensayé varios nombres, pero al fin me quedé con el del asteroide en donde se pueden ver hasta 39 puestas de sol en un solo día, sobre todo cuando la tristeza es mucha. Su tumba fue un hoyo en el jardín, un hoyo del tamaño de mi mano abierta. Lo cavé en silencio a las cuatro con treinta. Me acompañó Ivanna, aunque Erre me dijo que lo hizo porque le gusta husmear y no porque sintiera pena.
Siempre hay algo de lo que uno se arrepiente cuando pierde a alguien. Yo me arrepiento de no haberlo sacado a ver siquiera un atardecer. Pero ya no puedo hacer nada. Se me da que puedo dibujar una caja y pensar que adentro está B-612 y todo el universo que tenía para mostrar. Hay un pellizco de ausencia en mi corazón. Uno más.
Imagen: Foto tomada de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry

martes, 16 de agosto de 2016

La coleccionista de puertas

Claudia colecciona puertas. Es la coleccionista de puertas más hermosa que existe. Es la única que conozco, pero sé que, si existen más, de entre todas, ella es la más hermosa. Aunque en realidad no sé si hayan muchas. No es que uno salga a la calle un jueves a las cinco, por escribir un día y una hora cualesquiera, y se encuentre a la vuelta de la esquina con una muchacha de ojos grandes y oscuros, de cabellos cortos y sueltos al viento, con la blusa verde o azul o blanca, y un sobretodo rojo, y que sea coleccionista de puertas. Por el contrario, ubicarla me ha tomado muchos años de búsqueda. Y no la quiero espantar. Se me ha pasado por la cabeza hacerme carpintero.

Yo me siento a conversarle sobre números y casualidades y ella me mira como si mirara una puerta cerrada a la que quiere abrir. Cuando le toca el turno de hablarme, me pongo a pensar en que yo antes de conocerla creía que no se podía coleccionar más que monedas, boletos, memorias, tardes en la playa. Grande fue mi sorpresa cuando, un día, así de esos en los que no se espera que pase nada que no pase en cualquier otro, ella se acercó y se planto delante de mí.

—¿Me regalas tu puerta?— La miré entre divertido y preocupado. Qué loca más linda, pensé. Decidí seguirle la corriente:
—Y... ¿sueles pedirle la puerta a cualquiera que se te cruce en el camino?— Ella sonrió con los ojos.
—No, la verdad es que nunca le había pedido la puerta a nadie, pero es que puede que la tuya no la vuelva a ver jamás—. Me preocupé más aún.
—Ah, y, ¿qué de especial tiene mi puerta?—. Cada vez entendía menos.
—Que el seguro está echado.

Ese día, Claudia me contó sobre su curiosa forma de hacerse con las puertas. Verás, que de pronto voy caminando por una calle por la que nunca pasé antes y que veo una puerta: alta, cuadrada, vieja, tiene un cerrojo por fuera que no tiene candado. La veo y la quiero para mí, así que le tomo una foto mental. Le interrogué sobre por qué no optaba mejor por tomarle una foto con una cámara y así podría hacer una suerte de álbum. Para qué, me respondió. Yo no colecciono fotos, yo colecciono puertas. La miré sin entender. Ya, pero, o sea, ¿tú qué haces?, ¿la tocas (de 'llamar' a y no de 'sentir') y cuando sale la dueña, una mujer gorda y amable, le dices que te quieres llevar su puerta y si te dice que sí, que está bien, entonces, le sacas los tornillos a las bisagras y te llevas las hojas y la sumas a las otras puertas que tienes en casa? Me devolvió la mirada con divertida paciencia, cerró los ojos y negó, que no, que así no funcionaba. ¿Entonces?, pregunté. Lo que hago es tomarle una foto mental, es decir me llevo el alma de la puerta conmigo, no toda claro, porque sino dejaría de ser puerta y ya no podría cumplir su propósito. Sonrió y yo no pude hacer nada más que quererla y desear abrazarla y decirle que era feliz de que llevara ese sobretodo rojo y de que tuviera los ojos oscuros y grandes y de que coleccionara puertas. Tenía un millón de preguntas en la cabeza, como que a qué se refería cuando me dijo que quería que le regalara mi puerta, para empezar, digo, pero solo le correspondí la sonrisa. Adentro comenzó a sonar un traqueteo extraño, los déjà vu se activaron recordando una infancia de inhaladores y muchas inyecciones, pero no tenía miedo. Tratando de vencer el silencio, hice una mueca de lado con la boca, alcé las cejas y dije lo primero que se me ocurrió:

—Sabes, yo colecciono ventanas.

jueves, 4 de agosto de 2016

La última noche


Has decidido, muy entrada la noche, que el día siguiente no se terminará sin que algo grandioso pase. Cansado de hacer siempre lo mismo, te has propuesto, mientras que el agua fría de la ducha se lanza contra tu rostro y termina colándose rauda por la rejilla bajo tus pies, que es hora de vivir un poco. Pero vivir de verdad. Metido entre los libros y las fichas bibliográficas de tu gran biblioteca, en la que nunca se encontraría un libro de autoayuda (o autocompasión, como tú sueles decir), te has pasado los últimos años leyendo y releyendo, examinando, criticando, comparando autores que nunca conociste en persona, pero a los cuales tratas de tú a tú por creerlos tus amigos de toda la vida.

En el reproductor de música suena el quinto track del tercer y último disco de 84 —Varcelona—, la banda española que treinta años atrás descubriste en un programa de cine: el conductor recomendó un sencillo suyo, y tú, presto siempre a indagar en nuevos sonidos, no dudaste en buscarlo. La letra se confabula con tu propósito de ganarle la partida a las pocas ganas que siempre te animaron a quedarte en casa, aun cuando en casa ya no queda mucho por hacer.

1) Saltar en parapente (adiós, miedo a las alturas). Podría proponérselo a Martha; total, ella es valiente y puede asir mi mano para no entrar en pánico cuando sienta que se agujereó la tela del armatoste y que nos iremos, el instructor y yo, a estrellarnos.

2) Escalar una montaña, un nevado, o cualquier cosa escalable. De niño nunca me atreví a subir con mis amigos a la cima del mundo de los árboles. Ya es tiempo de envalentonarme y volver a tener nueve.

3) Correr un carro de carreras (demasiadas erres en una sola oración. A Martha le costaría pronunciarla y terminaríamos riéndonos juntos). Pero la licencia venció hace un año. Aunque así sería ilegal y la adrenalina sería la patada en el trasero que me anime a hacerlo.

4) Matar idiotas. La lista sería en orden decreciente con respecto al grado de imbecilidad para asegurarme de acabar antes con los más idiotas. Aunque esto acabaría con un suicido tarde o temprano.

5) Nadar para siempre (aunque el 'para siempre' signifique cinco kilómetros). Martha podría esperar en un bote inflable, mientras me ve convertirme en un héroe. Un héroe de huesos y carne. De carne arrugada por el tiempo y por el agua.

6) ...

Coges la toalla y te la pasas por el cuerpo, con ese tacto suave con el que se debe hacer según te dijo hace tanto Martha. Sonríes porque lo recuerdas. Estaban en la habitación de un hotel y tú saliste desnudo con la toalla en la mano y la restregaste, como si de papel de lija se tratara, sobre tu cuerpo de piel-celulosa. Se acercó a ti, desnuda también, te quitó de buena gana la toalla y te explicó, entre besos y roces corporales, cómo es que se hacía para no maltratar tu piel. Luego de unos segundos, sin terminar de secarte del todo, hicieron el amor. Hacía tanto de eso. Tanto.

Cuando sales del cuarto de baño con la toalla alrededor de la cintura, dejas la luz prendida hasta después cuando entrarás a limpiar como se pudiera el piso mojado con el trapeador que guardas cerca a la lavadora: costumbre adquirida en tu adolescencia y que Martha, igual que tu madre antes, detesta enormemente.

Vas a tu habitación. Vuelves minutos más tarde a la ducha a ordenar el desastre, luego de terminar de secarte completamente, y de echar talco en tu cuello y tus pies, y de untarte loción para hidratar la piel (Martha se ríe porque usas más cremas que ella. Le gustan tus manos suaves y a ti te gusta que le gusten), y de calzarte los zapatos negros de estar en casa (que Martha te dice que son chanclas con caché). Finalmente, vas por un café caliente a la cocina y te quedas con Martha hablando sobre el recuerdo que te había asaltado en la ducha, ese de cuando iban en los veinte y todo se resumía en la dedicatoria del primer libro que le regalaste.

Te terminas el café y la besas, y se van a la cama abrazados. Viejos. Llegan a la alcoba. Lo último que ves es su sonrisa antes de que ella estire el brazo izquierdo y apague la lámpara de su mesa de noche y te diga buenas noches.

***

La voz de Martha enciende la noche. El reloj marca las tres, y ella llora y grita. Rato después, los paramédicos irrumpen en la habitación. No hay mucho por hacer: el corazón se ha detenido. Como la noche para Martha.


(Imagen: Dos viejos comiendo sopa, de Francisco de Goya)

lunes, 1 de agosto de 2016

Teoría de las primeras cosas



Sucedió cuando tenía cinco años. Había aprendido a contar números a muy temprana edad, sin que nadie se lo enseñara. Lo hizo de una forma bastante distinta a como la mayoría lo hace: empezó por darse cuenta de la existencia de los objetos y la sucesión de los eventos; luego, bastó con notar la repetición de los especímenes y el proceso cíclico con lo que acontece todo en la naturaleza. Un día, mientras su madre le sacaba el cobertor que la protegía del viento, vio revolotear un insecto nuevo, uno que nunca había visto antes, muy pequeño de color rojo y con puntos negros, y comprobó así la singularidad. Ya había reparado en esto tiempo atrás, cuando abrió los ojos e, incomprensiblemente, un tipo vestido de blanco le propinó un golpe. Pero aquello solo había sido el inicio seguro de un sinfín de pruebas que desencadenarían en el descubrimiento de la eternidad. Rápidamente, la teoría de las primeras cosas se había formado en su cabeza.

Llegó el día en que vio el sol. O lo sintió, porque el primer destello la deslumbró de tal forma que no pudo contener la mirada ni un solo segundo y tuvo que voltear a ver la cara redonda de su madre. Al día siguiente, sucedió lo mismo. Y al siguiente. El verano era constante y el sol era la premisa que articulaba la tesis del dèja vú. Desde entonces, todo comenzó a repetirse una y otra vez. El primer insecto nunca dejó de ser el primero, pero pasó a ser parte de un grupo de insectos todos iguales: pequeños, de color rojo con puntos negros. Y el primer sol solamente fue el prefacio de los cientos de soles que la deslumbrarían y la obligarían a ver a otro lado en todos los años en los que caminó en estas tierras.

Pasó el tiempo y ya que la unidad había dado paso a muchas otras unidades, había optado por identificar de manera especial los grupos en los que nuestros ojos comunes identificarían dos elementos, o tres, o cuatro, y así hasta los números que nadie se atreve a pensar y se terminan por llamar años-luz o eones o gúgol. Así que comenzó a contar las cosas por el grado de emoción que le causaba la repetición de cierto objeto o situación determinada. Es decir, cuando algo le emocionaba sobremanera, sabía que debía tener un valor más especial que aquello ante lo cual la emoción no era más que un susurro imperceptible. El grado de emoción estaba sujeto a las veces en que había sido testigo de un evento. Si nunca había visto repetirse algo, la emoción era mayor.

El día extraordinario la había encontrado en el jardín de la casa, en donde se pasaba la mayoría del tiempo cavando pequeños hoyos para enterrar los cadáveres de los insectos y alimañas que encontraba: pequeñas tijeretas o chanchitos de tierra, y hasta algún pedazo de lombriz. Aunque lo que más le gustaba eran las arañas, por eso cuando encontraba algún exoesqueleto, la tomaba muy sutilmente, la ponía en la pequeña tumba y lo cubría de tierra húmeda. La miraba por unos segundos y le sonreía de medio lado, como en una suerte de despedida. Tenía una agenda en donde llevaba la cuenta de sus insectos muertos, clasificados por el grado de extrañeza ante su presencia peculiar o repetitiva.

Ese día, se acercó a uno de los girasoles que se doblaban en medio de las demás flores de menor tamaño. Y lo vio. Ahí estaba, pequeño, rojo con manchas negras. Al principio creyó que era uno más de los insectos de la misma especie que siempre veía revolotear por allí. Pero, justo cuando iba a posar la mirada en otro lado, supo exactamente lo que iba a pasar. El pequeño insecto volaría en derredor de los girasoles y se iría a detener en la punta de su dedo índice. Fue una especie de fotografía que alguien había tomado en algún momento del tiempo infinito y que había decidido revelar justo ahora para ella. El insecto se abrió como una nuez y unas minúsculas alas negras se asomaron. Se entregó al viento y dio un par de vueltas a los girasoles, describiendo un número ocho en el aire, como si dibujara el interior de una fruta. Se diría que planeó, pero sabido es que los insectos no pueden dejar de mover las alas, a menos que quieran caerse como la manzana de Newton. Y se fue a parar a la punta de su dedo, cuya mano dueña se había alzado mecánicamente hasta quedar a la altura de su nariz. Lo miró como si fuera el primer insecto rojo con manchas negras al que viera, como aquel que vio años atrás. Giró la muñeca sin desprender los ojos de la pequeña coraza roja brillante del insecto. Cuando escuchó una voz lejana, como si anduviera en un sueño y alguien intentara despertarla llamándola a gritos.

—¡María Fernanda!
—Eh... ¿Mamá?
—Hace horas que te llamo para comer, niña. ¿Qué haces?
—No lo sé…

La madre puso cara de circunstancias y sirvió limonada en un vaso. Segundos después un insecto rojo con manchas negras entró revoloteando en la casa.



[Imagen editada de Internet]

lunes, 25 de julio de 2016

Si yo abriera la boca


Si yo abriera la boca para pronunciar tu nombre, desaparecerían los pájaros y los árboles, las noches de luna llena y el tañer de las olas. Y los días jueves a las tres de la tarde. Y quién sabe si también el color rojo de las cosas rojas (con esto último no se puede estar seguro, que el daltonismo estropea cualquier teoría sobre el arcoíris). Pero, ¡qué cruel sujeto sería si hiciera con mi voz desaparecer pájaros y árboles y noches de luna llena y el tañer de las olas. Y los jueves a las tres de la tarde! (Sin el color rojo se puede sobrevivir, que lo que sí es seguro es que las fresas seguirán siendo fresas).
Prefiero mirarte desde lejos atrapar los atardeceres con tu artificio de captura de instantes decisivos: mirar el mundo como lo haría Telemo, mientras desnudas mi destino impreciso, mis ganas de gritar tu nombre y con ello hacer desaparecer todo de cuanto están compuestas tus obsesiones. Quizás ni falta hace que escriba esto, porque tú conoces el punto débil de mi cuerpo de guerrero contemporáneo, mis deseos incisivos por la materia de la que estás hecha: plumas, raíces, locura y espuma. Me conoces y me amas desenfocado, sin filtros, sin esperar que llegue las tres de la tarde del jueves para guardarme en tu pecho en la misma posición como lo harías con el Impression, soleil levant.
Si yo abriera la boca... pero prefiero hacerme uno con tus plumas y raíces, con tu locura y con la espuma de tus olas. Con el tic-tac del instante preciso: tres de la tarde, calle de casas comunes, tú y yo, pájaros y árboles, pájaros y árboles. Y siempre el color rojo.
[Fotografía: Rosángela Alva]

sábado, 20 de febrero de 2016

odunsed

La noche cae sobre mí con tus piernas abiertas que me someten a la colisión inevitable de constelaciones que no existen más allá de este espacio —la primera, el padre de Mirtilo, en la que se destaca Capella; y la segunda, la madre de Eros, antiromántica, en contraste con su hijo—, que no saben más que seguir sus sinos imperturbables, su día a día nocturno que termina al final de tu espalda y comienza en mis ganas de saber que existes, que eres algo más que papel y lápiz.
Pero el inicio de esto, a pesar de ser eterno y circular (perdón por la redundancia), se le puede rastrear en una noche de septiembre, invierno, al pie de una ventana, piedra en mano, con las pocas fuerzas que le quedan a un sujeto que teme romper la luna (y no la Luna) en mil pedazos. Al otro lado, una mujer, a la que llamaremos Alpha, por no tener más datos al respecto, se alerta, corre las cortinas y va presurosa a abrir la puerta. El silencio se les pega a los pies y entran sigilosos a la habitación. No hay luz y él, de quien tampoco sabemos mucho, pero a quien llamaremos, por efectos prácticos, Omega, se topa contra todo. Ella lo piensa tiernamente tonto y sonríe. Se echan en la cama que invade la mitad del reducido cuarto y comienzan a conversar sobre el silencio y las estaciones del año, sobre las niñas de cinco años y las nueve letras que se necesitan para formar la felicidad.
Alpha comienza a soñar despierta y siente, entra la niebla que cubre el estado de su no vigilia, la necesidad de entregarse al hombre que ha sido capaz de encontrarle el final al universo. Omega termina por ser parte del sueño. Este coge las manos de aquella y las hace desaparecer. A lo lejos ladra un perro pero no hay tiempo ni espacio, ni ninguna otra dimensión física, para las fobias más comunes que suceden en Omega: cinofobia, ligirifobia, acrofobia, catoptrofobia (o aibofortpotac, que funciona mejor en su caso): miedos desmedidos que en lo más profundo de su alma tienen un único origen. Solo existe lugar para el grito insonoro en el preciso segundo en el que sucede la inevitable colisión de constelaciones, donde las manos y las piernas y los labios y los pechos desnudos dejan de ser proyecciones humanas y se convierten en puertas y ventanas. Oh, si pudieran ver lo que yo, si pudieran siquiera, ver la oscuridad que los rodea, escuchar al menos su imperativo silencio.
Todo sigue su curso cubista —donde las piezas encajan donde no deben—, pero es preferible saltarse lo que ya se sabe.
A la mañana siguiente, Alpha camina al baño restregándose los ojos, abre el grifo y siente el agua helada entre las manos. A la derecha hay unos cepillos de dientes y un jabón; al centro, un espejo; a la izquierda, un rollo de papel higiénico. Lleva las palmas llenas hacia la cara un par de veces. Siente cómo todo su ser se estremece como la noche anterior. Se le viene a la mente, sin saberlo, una canción rock que escuchaba en su alocada adolescencia. Levanta el rostro, abre los ojos y allí está Omega.
Septiembre, 2015
[Imagen: Nebulosa del Águila]

martes, 14 de julio de 2015

Desvaríos: formas de extrañarte



Cinco de la tarde y te ando extrañando como te extrañaba a las nueve de la mañana de hoy. El mismo modo: con el frío que apremia y un huracán en el corazón.

Tomo mi lápiz favorito (cualquiera) y escribo un par de palabras que me suenan a déjà vu: "Cinco de la tarde y te ando extrañando..." No me convencen, así que las desecho y escribo otra cosa:

Me siento a leer Inferno, de Brown. Entre sus páginas, como no puede ser de otro modo (por la obviedad del título), me encuentro con Dante, el poeta florentino. Recuerdo que tenía trece (número de miedo) cuando leí la Divina Comedia. Tenía poco más de siete (número de suerte) cuando caí en El Principito. Pienso en todos los libros que he leído (que deben ser diez, con temor de pasarme). Pienso en El gaucho insufrible. Fijo mi atención en el cuento que da nombre al libro, mientras escucho a lo lejos Como las piedras. Pienso en El sur, de Borges. La Argentina se me viene a la cabeza y con ella Cortázar. Cortázar. Dejo de pensar en libros. Afuera, la noche va cayendo y me pregunto si puede quedar boca arriba. Subo las escaleras al segundo piso para cerciorarme. Llueve. Cierro los ojos y veo hacia adentro: no hay Luna en esta noche prematura.

Arriba pienso en otras tantas cosas: a veces pienso que nadie entiende lo que escribo porque no se escribe para ser entendido, se escribe para entender al resto de animales que pueblan la ciudad con sus pasiones descontroladas y su dios que se llama Dios. Pero no puedo entender a nadie. Creo que debería dejar de escribir. Para siempre. Me siento tan solo acá arriba sin ti. Veo a lo lejos las luces de la Lima que tanto odio pero a la que jamás podré decir adiós del todo. Brillan y pienso si es posible que las estrellas se caigan.

Una gota de lluvia me cae en el corazón (ignoro cómo lo hizo). Dejo de escribir. El papel se ha mojado todo. El lápiz se desvanece como una nube de madera, con mi aliento de las seis de la tarde.

Leo lo que he escrito (lo poco que se puede entender: las letras chorreadas imposibilitan la vida) y me gusta la única línea legible:

"Me siento tan solo acá arriba sin ti... sin tu alma de paraguas".


[Imagen: Detalle de How I met your mother]

viernes, 27 de febrero de 2015

Día 55: Piraustas


Febrero llegaba en estado líquido. 

Bajamos del autobús y la lluvia nos golpeó el rostro con rencor de naturaleza vengativa, aunque a nosotros nos supo a los últimos minutos de Midnight in Paris. Era nuestra primera caminata en una noche lluviosa y sonreíamos; improvisamos un paraguas con un folio negro, mientras yo pensaba que las mejores cosas de la vida son acuosas: esa noche y su repentina no-garúa, sus pupilas húmedas, el llanto del día siguiente. Porque después del llanto que sabe a miedo y a rabia, y a impotencia y a ganas de no estar/ser más, siempre hay razones para sonreír.

Caminamos hasta Diagonal y tomamos otro autobús hasta Benavides. Íbamos recordando las primeras veces que nos vimos. Yo le contaba que aquellos días estuvieron llenos de felicidad absoluta, de miedos instantáneos, de piraustas revoloteando en el corazón. Fueron tantas emociones que la taquicardia dejó de ser una palabra recurrente suya para convertirse en el resultado de nuestros encuentros. Lo que no dije fue que ella me seguía causando la misma sensación de esos días. Su sonrisa de infarto inmediato sigue aún hoy jugando con mi pulso, sus pupilas eternas me alucinan un náufrago irremediable y yo sigo nadando a su orilla, sus mejillas que no conocen más colores que el rojo me regalan los mejores atardeceres sin sol.

Después de media hora, llegamos a Benavides y sus semáforos que nunca se deciden. Me detuvo, arguyendo las reglas de luces de tránsito, y yo reí; siempre fui yo quien lo hacía y ahora era ella quien me daba clases de normas ciudadanas. Te salvé la vida, dijo. Te debo veinte céntimos, agregué. Nos reímos, como siempre, de todo, porque nos reímos de todo: de las bobadas que decimos para entretenernos, de un escritor de literatura rosa, de mí (aunque ella diría que es conmigo, pero creo que es de mí, o, en el mejor de los casos, de mí conmigo.  No importa, con tal de que sea feliz un segundo, puedo ser un comediante improvisado graduado en la Plaza San Martín), de la lluvia, de las cosas que suceden mientras nos besamos desesperados, de cualquier cosa que nos permita retener fotogramas en donde siempre salimos sonriendo.

Atrás quedaba la entrada de una universidad privada. Un día antes nos habíamos sentado afuera; comíamos chocolates y me escribió la dedicatoria en un libro que atesoro (variante de una palabra suya) con el corazón, porque en él se confabulan nuestros días juntos, las promesas que no son promesas (porque nunca prometemos nada. Cualquier cosa que decimos es un hecho a futuro, no nos preocupamos en la obligatoriedad del porvenir causada por un juramento que podría diluirse con la lluvia que nos acecha, porque nos sabemos un uno indivisible con características duales), las páginas que leo cuando voy en el autobús, el autor que lleva el nombre de mi padre y por eso, y por su genio creativo, consumo adictamente (con las disculpas de Cortázar). Leí la dedicatoria y le leí también el destino junto a mí, sentados, leyendo, viejos, arrugados, con las sonrisas que no se gastan, sabiendo que nuestro mundo sí funciona, porque somos un todo de amor, realidad, ficción…

Me cuenta que me dibujó en un test psicotécnico, con mis cabellos raros y mis zapatillas de siempre, con mis ojos que le encantan (dice) y mi sonrisa de infarto inmediato (el ego me hace escribirlo). Y yo la estoy amando, como la amo en cada cosa que me cuenta y en cada cosa que ella es.

La espera se prolongó un poco —como siempre, nuestras despedidas duran tanto como los aplausos a un tenor español; ninguno quiere dejar el nido (palabra que acabo de recordar de una tarjeta que me hizo hace muy poco)—. Nos abrazamos tanto y tan fuerte, como intentando dejar las manos marcadas en nuestras espaldas, como si con eso evitáramos que la lluvia nos apagara las mariposas ígneas que creamos en nuestros adioses eternos. Nuestras piraustas no saben volar lejos, no quieren, solo nos incendian los pechos y se largan un rato a encender las estrellas para nosotros.

Subió al carro que la llevaría a casa. Espero que parta, doy media vuelta, y camino con dirección norte (sur en su caso, en su traducción de direcciones erradas, de la que me río con ella), mientras abro la mano y dejo volar la última pirausta del día: se eleva y planea hasta el carro en donde acaba de partir y le susurra algo que solamente ella sabe.